← the Colosseum, Roman Forum & Palatine Hill guide

EN LOS JUEGOS

Un día en los juegos del Coliseo

Cacerías por la mañana, ejecuciones al mediodía, gladiadores por la tarde: así transcurría un día en los juegos, con el público ordenado por rango y el gran toldo que les daba sombra.

Check dates and availability ↗

La forma de un día

Una jornada en el Coliseo seguía un programa bien definido, y conocerlo te ayuda a imaginar el edificio en pleno uso, no en ruinas. La mañana solía abrirse con las venationes, las cacerías y exhibiciones de animales salvajes. Hacia mediodía llegaba el intervalo más sombrío: las ejecuciones públicas, a menudo de condenados, escenificadas ante la multitud mientras muchos espectadores hacían una pausa para almorzar. Por la tarde llegaba el evento principal que el público realmente había venido a ver: los combates de gladiadores, los munera, que se libraban en parejas igualadas hasta alcanzar su clímax. Todo el espectáculo era gratuito, financiado por un emperador o magistrado que buscaba el favor del pueblo, y podía durar un solo día o, en las grandes ocasiones, muchos días consecutivos. Era, en efecto, un gran entretenimiento de jornada completa, cuidadosamente dosificado desde las bestias hasta la sangre y los luchadores estrella.

Las cacerías de animales salvajes

Las venationes matutinas eran espectáculos de matanza exótica a una escala difícil de imaginar hoy. Los animales llegaban a Roma desde los confines del mundo conocido —leones y leopardos de África, osos del norte, cocodrilos, avestruces, incluso elefantes— y eran cazados por especialistas armados llamados venatores o enfrentados entre sí. Decorados elaborados podían elevarse desde el hipogeo para transformar la arena en un bosque o un paisaje rocoso para el espectáculo. Las fuentes antiguas citan cifras enormes de animales sacrificados en los grandes juegos inaugurales y en festivales posteriores; las cifras pueden estar exageradas, pero el apetito por este tipo de espectáculo, y su coste, eran sin duda inmensos. La demanda de bestias era tan grande que se cree que diezmó la fauna salvaje en amplias zonas del imperio.

Cincuenta mil personas, sentadas por rango

El Coliseo no solo albergaba a una multitud: la organizaba. La jerarquía de la sociedad romana se reflejaba directamente en la disposición de los asientos. El emperador y las Vestales ocupaban los mejores lugares, junto al borde de la arena; los senadores se sentaban en la grada más baja, cerca de la acción, a veces en asientos con su nombre; detrás y por encima de ellos venían los caballeros, luego los ciudadanos varones comunes y, en lo más alto, lo más lejos de la arena, las mujeres y los más pobres. Entradas numeradas, escaleras y pasillos —los vomitorios— canalizaban a cada poseedor de entrada con eficacia hacia su sector correcto, de modo que un lleno total podía tomar asiento y, más tarde, desalojar con una rapidez asombrosa. Sentarse en el Coliseo era ver, de un vistazo, exactamente qué lugar ocupabas en el orden de la propia Roma.

El velarium: el gran toldo

Bajo el sol romano, el anfiteatro tenía una respuesta extraordinaria: el velarium, un enorme toldo retráctil que podía desplegarse sobre las gradas para dar sombra a los espectadores. Hileras de ménsulas de piedra y huecos en la parte alta del muro exterior, aún visibles hoy, sostenían los mástiles y el aparejo que lo sujetaban. Manejar esta inmensa lona de tela y cuerda era, según se cuenta, tarea de un destacamento de marineros de la flota imperial de Miseno, hombres expertos en maniobrar grandes velas en altura. Hasta qué punto cubría el velarium la arena y cómo se operaba con exactitud es, en parte, una reconstrucción más que una certeza, pero que existió un gran toldo solar está bien documentado. Es una muestra más de cuán en serio se tomaba Roma la comodidad de sus públicos.

Manteniendo a la multitud contenta

Los juegos eran tanto teatro político como espectáculo, y los emperadores gestionaban a la multitud con sumo cuidado. La entrada gratuita era solo el comienzo: se repartían alimentos y se lanzaban al público unas fichas —los *missilia*— que podían canjearse por premios que iban desde comida hasta, en ocasiones fastuosas, mucho más. La arena era también uno de los pocos lugares donde los romanos corrientes y el emperador se encontraban cara a cara, y la multitud la aprovechaba para hacer saber sus sentimientos, vitoreando, abucheando e incluso presionando al emperador para que perdonara a un gladiador favorito o reparara un agravio. Un gobernante que supiera leer el ambiente ganaba simpatía; quien ignorara a la multitud, o mostrara cobardía o crueldad en el momento equivocado, podía pagarlo con su reputación.

Las vistas, los sonidos y los aromas

Vale la pena intentar imaginar la realidad sensorial, porque la ruina silenciosa no ofrece ni una pista. Decenas de miles de voces rugieron, contuvieron el aliento y corearon; trompetas y un órgano hidráulico marcaban la acción; la arena se rastrillaba entre combates, a veces perfumada para disimular lo que el día derramaba. Bajo el toldo, apretados hombro con hombro, la multitud comía, apostaba por los resultados y seguía a sus gladiadores favoritos como hoy los aficionados siguen a los atletas. Los marineros maniobraban el velamen arriba, los animales rugían desde las trampillas y, bajo los pies de todos, el hipogeo bullía con un trabajo invisible. Hoy, de pie en la arena, en el silencio, es lo más cerca que se puede estar de aquel estruendo desaparecido — y saber qué llenó ese silencio es lo que hace extraordinario el óvalo vacío.

Check dates and availability ↗
Check dates and availability